De viajes y aprendizajes: Norte y sur de Elizabeth Gaskell

“Orgullo y prejuicio en la Revolución Industrial”: esa fue la primera apreciación que recibí de Norte
y sur de Elizabeth Gaskell, y, a decir verdad, me intrigó lo suficiente como para comprarme el libro. La
novela que encontré cuando finalmente lo leí fue muchísimo más que eso: me pareció un libro que lidia
con la pérdida de certezas y la necesidad de cambio en un nivel que excede cualquier tipo de
sentimentalismo o intención costumbrista.
La novela narra muchos desplazamientos: el más violento quizá sea el que tiene que enfrentar la
protagonista, Margaret Hale, al dejar la casa de su infancia en el idílico pueblo de Helstone, en el sur de
Inglaterra, y mudarse con sus padres al norte del país, a Milton, ciudad moldeada a partir de Manchester,
uno de los grandes centros urbanos insignes de la Revolución Industrial. La peripecia que obliga a la familia
a cambiar el apacible arrullo de los árboles por el barullo de las incesantes chimeneas no es simplemente
un cambio de escenario: es la marca de una nación atravesada hasta los cimientos por cambios
económicos y sociales que la transformarán de manera decisiva y, sobre todo para la protagonista que
vive el desarraigo con dolor y frustración, marca el necesario, aunque incómodo, pasaje de la infancia a la
adultez.

No es casual, en este sentido, que Norte y sur narre una historia de amor, aunque no por esto
tendríamos que interpretar un romance apacible. En esta novela, Gaskell construye un amor accidentado
y tenso, siempre asediado por obstáculos y malentendidos, claramente afectado por la urbana caótica. La
contraparte amorosa de Margaret es, en muchos sentidos, su opuesto: John Thornton, emblema del
emprendedurismo industrial, es un hombre que se hizo a sí mismo a fuerza de sacrificio y trabajo duro y
que, convencido de las glorias de la razón y el cálculo, ostenta una buena posición dentro de su
comunidad. Desde su llegada a la ciudad, la imponente presencia de este extraño de expresión estoica,
modales correctos, aunque secos, y un marcado acento norteño, se le plantea a nuestra protagonista
como un nuevo componente desafiante y, sobre todo, un interrogante progresivamente inquietante a ser
develado. El derrotero de la relación que se desarrolla entre ellos los hace oscilar entre intentar
entenderse y directamente enfrentarse. A pesar de muchas veces no acordar en sus juicios o pareceres,
este intento de comprensión se vuelve un ejercicio que les permite conocerse, no sólo el uno al otro, sino
a sí mismos. El amor aquí no es mero sentimentalismo: se erige como el signo de una búsqueda y, quizá,
hasta podría decirse de una lógica que pueda allanar el diálogo entre perspectivas opuestas, sin que esto
implique la destrucción o sumisión del otro. Desde este punto de vista, uno de los grandes logros de la
novela es la exploración de la perspectiva masculina a partir del ingreso a la interioridad de los 2
pensamientos (¡y sentimientos!) de John: los lectores lo acompañamos también a él en el descubrimiento
de esta nueva dimensión emocional tan extraña, tan violenta y conflictiva.

A pesar del desarrollo del componente amoroso como elemento central, la novela no cae en
idealizaciones. Una prueba cabal de esto es su retrato del espacio citadino: lejos de toda romantización,
Milton, el lugar en el que el empuje industrial del lucro privado es también escenario de la miseria de la
incipiente clase obrera que comienza a tomar conciencia de su rol en el sistema productivo y alza su voz
en reclamo de mejores condiciones laborales. En sus descripciones tanto del trabajo en la fábrica como
de las condiciones de los barrios que alojan a los trabajadores de Milton con sus familias, la prosa de
Gaskell se nutre de un realismo desprovisto de rasgos sensacionalistas o sentimentales. Su novela, en este
sentido, no se empeña en resolver de manera ingenua los conflictos que la exceden ni brindar
simplemente sentencias vacías: muestra y explora, a partir de la perspectiva de su protagonista, un
derrotero individual de descubrimientos y pérdidas, de horas aciagas en el que todas las certezas
temblequean ante el cambio que nos atraviesa tanto a nivel social como íntimo.
Mucho más se podría decir de esta maravillosa novela, aunque poco más sin delatar por completo
su contenido. Es mucho mejor ir a leerla pronto. En mi opinión, marida muy bien con los momentos de
turbulencia que atravesamos y de los que, como Margaret, somos protagonistas involuntarios, arrancados
del seno apacible de la vida “como era antes”. Haberla leído y compartido en grupo con el maravilloso
grupo de Jane Austen Chile me hizo pensar que, además de contarnos una historia preciosa, puede servir
para recordarnos que, en medio del cambio y de la incertidumbre, del trabajo y del hastío, nos esperan
también horas dulces, nuevas y llenas de promesa.
Lucía C. Imbrogno.

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